En Odesa, nadie está a salvo de los nuevos ataques rusos en el Mar Negro.

«Mi compañero, el operador de la grúa, murió a cinco metros de mí… El conductor permaneció en la cabina. Él también falleció.»

Svitlana Halchenko se estremece al recordar el misil balístico ruso que explotó en su lugar de trabajo en Odesa, matando a sus compañeros.

Svitlana trabaja como encargada de turno en un almacén del puerto principal de la ciudad.

A pesar de sus heridas —cojea y aún tiene fragmentos de metralla incrustados en la pierna y la espalda—, Svitlana está decidida a seguir trabajando.

Pero su lugar de trabajo, normalmente bullicioso, está prácticamente en silencio.

Rusia está intensificando sus esfuerzos para estrangular los vínculos comerciales de Ucrania con el mundo exterior, lanzando ataques a lo largo de toda la costa ucraniana del Mar Negro.

Desde infraestructuras portuarias dañadas hasta barcos escorados con puentes ennegrecidos y contenedores aún humeantes, las evidencias están por todas partes. En ningún lugar son más evidentes que en el horizonte, donde las aproximaciones a los otrora bulliciosos puertos de Ucrania —Odesa, Chornomorsk, Pivdennyi— están prácticamente desiertas.

Svitlana mantiene una sonrisa valiente durante toda nuestra conversación, pero su angustia es dolorosamente evidente. Retuerce constantemente un pañuelo mientras intenta mantener la compostura y mira al vacío mientras las lágrimas se acumulan tras sus gafas.

Las últimas semanas han sido peores que nunca.

«Ha sido muy duro para la moral», dice con un profundo suspiro. «Muchas sirenas, muchos drones, muchos impactos. La gente está muy tensa».