El niño compadrito

Cultura 22 de julio de 2021 Por Carolyn Wolfenzon
En el 188 Tambo de Montero está la cripta del Niño Compadrito. era un a casa de barro en el barrio de santa fe con colonial.

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En una calle oscura y poco concurrida hay una puerta marrón que no llama la atención. La dirección es 188 Tambo de Montero, una casa particular. Allí está la cripta del milagroso y venerado Niño Compadrito. Cuenta la leyenda que la hija de doctor Gabriel Cossío (director del colegio de Ciencias del Cusco) se perdió en Tambomachay. Un niño la ayudó a volver viva a la ciudad del Cuzco ya de noche. Cuando esta pequeña aparece sana y salva, la familia sorprendida le pregunta cómo volvió.

Ella responde que la trajo un niño: ¿no lo ven detrás de mí? A partir de esa historia sobrenatural se inicia el culto popular hacia el Niño Compadrito que hace milagros. Su veneración es una reinserción contemporánea sobre formas de adoración prehispánicas. Su existencia muestra el arraigo de un catolicismo cuzqueño que es distinto del catolicismo a secas. El Niño Compadrito es una fusión cultural, o como dice el antropólogo Rosanno Calvo representa el sincretismo de lo prehispánico y lo español, cuya base es el Barroco andino. Contiene elementos indígenas como la adoración a las calaveras en los umbrales de las casas para que éstas las cuiden junto con elementos de la religión cristiana.

El recinto ha reabierto en febrero. El espacio está conformado por una puerta que pasa desapercibida: todos los cuzqueños saben dónde está la cripta de adoración, pero no hay ningún cartel luminoso que lo señale. El horario de atención ahora es limitado. Pese a ello, la gente va dejando frutas, golosinas, jugos abiertos con la cañita puesta y pan de Oropesa, el favorito de los niños. El creyente sube la escalera y el recinto está dividido en dos espacios principales. El lugar donde está propiamente el niño y otro recinto donde se compran las velas que está adornado con imágenes de santos y Cristo. 

El Niño está en un altar. Lo atípico es que el Niño Compadrito es una calavera que incluso puede haber sido el feto de un mono, según el escritor Enrique Rosas Paravicino, y que con el tiempo ha sido revestida: ahora tiene cabellera, cuerpo, ojos, dentadura y corona. Ahora es como si fuera una momia. Esta es una construcción popular urbana del siglo XX asentada en lenguajes tradicionales muy viejos de las dos tradiciones que forman la base de la cultura cuzqueña. Pero a todos aquellos que han tratado de extirpar este culto, o se han burlado directamente de su cara, les ha caído una maldición. Es un símbolo de resistencia como fue la adoración a las huacas durante la extirpación de idolatrías que se llevó a cabo en la Colonia. Explica Enrique Rosas Paravicino:

 

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