Las Bambas: Hablan las mujeres

Derechos Humanos 09 de marzo de 2022
Cotabambas, Apurímac, hablan las mujeres desde la provincia, los distritos y las organizaciones sociales de Cotabambas . Sus vivencias en un entorno mayoritariamente masculino, la lucha por espacios de representación y las brechas de género. El impacto del proyecto minero Las Bambas sobre el territorio, el cuerpo y la vida de las mujeres.

El sector minero, es profundamente masculino, pero desde la empresa privada se busca cerrar las brechas de género. Y frente al Estado, lo que significa ser una mujer en las mesas de diálogo de los conflictos sociales más complejos de los últimos tiempos

Capítulo 2: Viudas del conflicto: Desde la convocatoria para la licitación del proyecto minero Las Bambas en el año 2004 la zona se ha convertido en una de alta conflictividad social. El saldo en dieciocho años es dramático: cuatro personas fallecidas en protesta, cuatro familias trastocadas, cuatro viudas y una decena de huérfanos. En este capítulo escucharemos las voces de las viudas del conflicto. 

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Por: Leah Sacín Gavancho

  • Isaura

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    Isaura Soti tiene 28 años y es viuda. Su esposo murió en el conflicto de Las Bambas en 2015. Cuando su esposo, Alberto Cárdenas murió, ella tenía una hija pequeña y una en el vientre. Han pasado casi siete años, pero el día en que la muerte partió su vida en dos, está marcado en su memoria de forma indeleble. “Mi esposo fue a la protesta, era en principio por el paso de los camiones. Yo estaba embarazada y él no me avisó. Yo me enteré porque mi papá había ido a la protesta y vino a las siete de la noche y, llorando, me dijo. Cuando regresé me sentía como borracha, no sabía lo que pasaba”. Fue como una de esas escenas del cine en las que la protagonista deambula y el entorno es borroso e inaudible. “Me quedé viuda, embarazada y mi hija mayor estaba bien chiquita. Fue mi mamá la que me tuvo que ayudar con todo”.

    En 2015 Isaura tenía tan solo 21 años. No podía entender por qué una protesta tenía que acabar con la muerte de su esposo. Hasta el día de hoy es inexplicable que ni siquiera haya justicia. “Mi esposo trabajaba en la empresa. Todavía no nos han dado una indemnización, ni tampoco hemos obtenido justicia. Yo no sé quién es la persona que le disparó. Para nosotras no hay justicia”.

    Con la muerte de su esposo Alberto, Isaura se enfrentó a la realidad. No sabía leer, ni escribir, ni conocía oficio que le permitiera trabajar para mantener a sus hijas: “Yo como mujer me dedicaba a la casa, a cuidar a los hijos, cuando él muere tuve que vender los animalitos que quedaban, mis suegros no me dieron nada, solo mis padres me ayudaron. Ser madre soltera en la comunidad es muy difícil, no sabía trabajar, no tenía dinero, la platita no alcanza, las niñas crecen y crecen, y no hay para comprarles nada”.

    Lucio es el padre de Isaura y el hombre al que sus hijas llaman papá. “Qué sería de mi hija si no fuera por mí. Solo nosotros vemos por ella. Ella se casó muy jovencita, yo quería que estudie. Nadie se imaginaba lo que iba pasar”, cuenta Lucio, mientras que, inevitablemente, la honda tristeza que carga desde hace siete años, se cuela en su voz. “Lo que no entiendo es que mi yerno murió, pero nadie lo mató.”

    Mientras seguimos la entrevista Marina, la hija mayor de Isaura, escucha que nos referimos a Lucio como su abuelo. “Diles que no eres mi abuelo, tu eres mi papá” dice la niña antes de volver a correr detrás de su hermana menor.

    Isaura dice que lo principal que quiere para sus hijas es que no sean como ella, que como ya tiene experiencia sabe que es importante estudiar, que va tratar de siempre estar cerca de ellas. “Yo también me tengo que sacrificar por mis hijas”, aunque confiesa que su actual esposo no acepta vivir con sus hijas.

    “Su esposo actual no acepta a las niñas, nosotros nos hemos hecho cargo de las pequeñitas, ¿con quién van a estar? con nosotros.  Ella no podía quedarse sola, es muy difícil estar sola en la comunidad”, relata el padre de Isaura y ella agrega: “Es muy triste que una mujer se quede solo con dos niñas, sin saber trabajar”.

    Lucio, el padre de Isaura nos confiesa que nunca tuvo la idea de que su hija se case joven, él soñaba que estudie y se imaginaba que sería enfermera. Hoy esos sueños que ya parecen inalcanzables para Isaura los proyecta en sus pequeñas nietas que viven bajo su cuidado. “Yo, tengo el pensamiento, que ayudaré a las niñas para que estudien. Mi sueño es que sean enfermeras”. En ese momento Marina, su nieta mayor interrumpe y dice “yo quiero ser una ingeniera marina”.  Lucio remata “sería un sueño, dios es grande y va a suceder. Tienen que estudiar ellas, me falta plata, pero como sea me sacrificaré hasta que tenga mis fuerzas las voy a apoyar”.

    Isaura guarda silencio, dice su mamá que desde que murió su esposo ella nunca volvió a ser la misma. “Ya casi nunca sonríe, ni con su hijito más pequeño”, cuenta la madre de Isaura. Mientras tanto Lucio, su padre, reconoce que el cambio está ocurriendo frente a sus ojos: “Están cambiando las cosas. En mis tiempos solo estudiaban los hombres y las mujeres solo la casa o los animalitos. Nadie les preguntaba era así no más. Ahora ya están estudiando y trabajando también las chicas. Yo creo en eso,” finaliza. 

  • Agustina

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    Cuando fuimos a buscar a Agustina al distrito de Mara para concretar nuestra entrevista la encontramos en una actividad comunal del pueblo. Son esas actividades a las que se debe asistir de lo contrario pueden imponerles una multa. Con su bebé en la espalda pudo darnos unos minutos para contar su historia. Y aunque entiende y habla el español, es en su lengua materna -el quechua- en la que puede expresar sus emociones. Agustina prefiere darnos la entrevista en quechua. “Mi esposo fue a la protesta con los compañeros y regresó en un cajón. Él no estaba enfermo, no tenía nada, estaba sano y bueno ha ido y regresó así, en un cajón, yo no entiendo”. Agustina ya no llora, “seguro me olvidé cómo llorar ya”, reflexiona. 

    Cuando era niña Agustina tenía ilusión por ir al colegio pero su padre murió cuando era pequeña y eso nunca ocurrió. ”Mi mamá no sabía ni leer ni su nombre. Yo tenía que ayudarla, no había tiempo para el colegio tampoco”. No hubo tiempo para el colegio y tampoco para pensar en lo que querría hacer con su vida, Agustina se casó y tuvo hijos antes de ser mayor de edad. “Yo no he sabido cómo trabajar, me sentía perdida cuando me quedé viuda. Solo sabía cuidar a los animales y a los niños” 

    “Yo quiero que mis hijos estudien para que puedan tener mejores trabajos, yo no he sabido ni escribir, no quiero eso para ellos, quiero que sean mejores, ojalá sean profesionales”, dice mientras algo oscurece -sin remedio- su mirada. Ella añade “no quiero que sean como yo”, aunque ella sabe que todas esas cosas que no hizo fue porque estaban muy lejos de sus manos. Las enormes brechas de acceso a la educación que hay en el Perú, por ejemplo, se hacen infranqueables para las mujeres en casos como el suyo. 

    “Mi esposo me iba ayudar porque él sí sabía escribir y leer, yo ni eso, porque mi mamá me crió sola y ella tampoco sabía nada, y así yo no quiero que siga eso con mis hijos. Mi orgullo es que tres de mis hijos ya acabaron la secundaria y eso es un montón. Pero me falta su universidad, ojalá que se pueda”. Cuando le preguntamos por los acuerdos y compromisos que se plasmaron en actas entre la empresa Minera MMG Las Bambas, las comunidad y el Estado luego de las muertes de 2015 y 2016, Agustina se queda en silencio y dice con profunda resignación:“No hemos recibido indemnización ni nada. Me acuerdo que, durante unos meses, hubo un bono que reclamamos en el pueblo, para las víctimas. Algo de ochenta soles era, pero luego ya nada. Lo queríamos para que estudien los niños”.

  • Antonia

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    Es quechuahablante, pero entiende el español perfectamente. Para ella, su idioma, es una lengua de muerte: cada palabra en español la regresa, una y otra vez, al momento en que le anunciaron la muerte de su esposo, Quintino. Antonia Cereceda decidió, ese día, que nunca más se casaría. Cuando llegamos a su casa la encontramos recortando la hierba con una hoz. La primera pregunta fue sobre su esposo y su rostro cambió de inmediato. “He sufrido mucho. Yo nunca pensé…Tampoco supe nunca lo que era estar sola, no entendía lo que era trabajar ni qué hacer,” recuerda. 

    Por sus hijos, Antonia se mantuvo en pie y aprendió a llevar sola su casa. Aunque poco a poco tuvo que ir vendiendo sus animales para cumplir con la más importante misión: educarlos. “Yo quería que mi hija estudie y por eso ha ido a Lima, aquí no ha podido entrar a la universidad.” Fue difícil entender que su hija había decidido irse lejos pero era una decisión, hacer lo necesario para que el camino de su pequeña fuera distinto al suyo. La cifras del Ministerio de Educación indican que más del 5% de la población es analfabeta y según UNESCO más del 70% -de ese porcentaje- son mujeres. Por cada hombre analfabeto hay tres mujeres en nuestro país. “Cuando yo era niña casi ninguna chica iba al colegio. Yo ni un día he ido a la escuela. Me hubiera gustado estudiar”

    La lucha social ha traído mucho dolor a la familia de Antonia. El estigma lo han heredado sus hijos, les cuesta conseguir trabajo. “Todo cambió con la muerte de mi esposo. Me quedé decepcionada de la vida, de todo. Nunca había sabido lo que era estar tan triste. Solo me apoyaron mis hermanos”.

    Los acuerdos a los que se arribó luego de las muertes en conflicto social del 2015 y 2016 fueron comunales. Las viudas y los huérfanos recibieron algunas ayudas específicas, pero sobre medidas a largo plazo, educación o posibilidades de empleo, nunca se trabajó como política pública. “La empresa -cuando murió mi esposo- los primeros días trajeron alimentos. Pero era compromiso ayudar a los hijos a poder estudiar, a los huérfanos, pero eso no pasó. Solo han llegado cosas para la comunidad, pero no para las viudas, para los chicos. Solo me quedaron veinte ovejas, preferí venderlas y criar cuyes. Tuve que aprender hasta a cortar la hierba porque no sabía”.

    La muerte de Quintino Cereceda expuso a Antonia a percibir la realidad como nunca antes le había ocurrido. “Cuando yo me quedé viuda me di cuenta que no tratan bien a las mujeres, más cuando están solas. Siempre nos dejan atrás”. El Estado invisible y la comunidad muchas veces mirando con recelo a una viuda. Antonia decidió no volver a casarse, decidió resistir, decidió aprender a llevar su casa y encaminar a sus hijos para que estudien en la universidad. Reiteró que su “hija está en Lima y quiero que estudie, que gane su platita. Ya no va ser dominada por otros. Quiero que su vida sea diferente”.

    Antonia nació en la década de 1970 y aunque sabe que la vida en el campo sigue siendo dura para las mujeres, también reconoce que algo está cambiando finalmente. “¿Ha cambiado en algo el machismo en la comunidad?” -se pregunta a ella misma- “Solo un poquito. Al menos un poquito. Los jóvenes han cambiado un poco y parece que si hay un poco más de respeto para las mujeres”

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Capítulo 2: Viudas del conflicto: Desde la convocatoria para la licitación del proyecto minero Las Bambas en el año 2004 la zona se ha convertido en una de alta conflictividad social. El saldo en dieciocho años es dramático: cuatro personas fallecidas en protesta, cuatro familias trastocadas, cuatro viudas y una decena de huérfanos. En este capítulo escucharemos las voces de las viudas del conflicto. 

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