Estoy muerta… de miedo

Compártenos:

Por: Katherine Meléndez

Me enteré de la desgracia que le ocurrió a Eivy Ágreda por pequeñas cuotas de información que se desgarraban de distintos diarios, y sí que dolía… Dolía tanto como la sentencia en España, esa violación grupal que solo se calificó como violencia. No lo llamaron por su nombre, y la ley avergonzó nuevamente a la humanidad.

Con solo estas dos noticias, el miedo se apodera de una. Y ya nada vuelve a ser lo mismo. Ayer regresaba del cine, a menos de 20 minutos en bus. Un bus con las mismas características donde estuvo sentada Eivy. Hoy postrada e inconsciente. Sentada a la mitad del micro, empecé a buscar dónde estaba el extintor. No lo ví. Asumí que estaba cerca del chofer, pues fue ese el personaje que acudió a la ayuda de Eivy y de los que estaban cerca, también quemándose. En esos instantes de pensar sobre las reacciones de los pasajeros, una pregunta estallaba en mi cabeza: ¿quién carajos nos prepara para algo así?

Nos han dicho muchas cosas para “prevenir”, para no “exponernos”. Que no caminemos solas por la calle, que no usemos escote, que no nos maquillemos mucho, que no usemos minifalda si SABEMOS que los hombres son ASÍ, que no sonriamos mucho porque damos señales de ser fáciles, que no viajemos solas. ¡¿Cómo se nos puede ocurrir viajar solas?! (Termino de escribir esa pregunta y pienso en mi madre que en estos momentos viaja sola por el norte, y me asusto). Eso han logrado. Asustarnos de ser libres. Siempre tener cuidado de este mundo lleno de machismo maloliente. Pero, ¿quién nos dice cómo prevenir que un hombre te eche gasolina en un bus y te prenda fuego mientras dice “si no eres mía, no eres de nadie”? ¿Dónde está el manual? Incluso si no somos las quemadas, ¿cómo nos preparamos para apagar ese fuego? ¿Primeros auxilios? La respuesta es clara. Nada. Nada nos prepara para ese escenario.

Miré a cada chica en el bus. Leían, dormían, conversaban, chateaban o miraban la calle. El corazón se me encogía pensando que en cualquier momento sus vidas podrían cambiar con una chispa de fuego sobre ellas. De lo que estaba segura era de que alguna ya habría pasado por un imbécil que la acosó, algún macho ya le habría dicho obscenidades, algún compañero de trabajo o de estudios ya le había dicho o escrito algo inapropiado. Porque creen que pueden decirnos o hacernos lo que quieran. En esos asientos, todas pudimos ser Eivy Ágreda.

Y ahí sentada, al lado del pasillo, me di cuenta que yo ya estaba muerta… muerta de miedo.

Estoy muerta… de miedoLa Factoria Comunicaciones
00